Soy vasco, circunstancialmente, como lo es la
nacionalidad, y me considero un iluso, casi idiota en política. Idiota,
más que en su acepción de “ilota” o esclavo que no disponía de la
ciudadanía requerida para discutir sobre la cosa pública, en su raíz
etimológica como carente de instrucción específica. Como siempre me ha
apasionado más mi familia y mi profesión que la política, sólo pretendo
exponer mi opinión de diletante lego en política.

Mi modelo de ciudad y país es Lausanne y Suiza, que conocí apacibles y
neutrales. La Confederación Helvética, a reserva de otros matices, es un
país avanzado políticamente. Allí nadie sabe cómo se llama su presidente
de turno, que suele ser un profesional jubilado que periódicamente se
acerca al gobierno en tranvía para despachar temas de exigua relevancia
en la vida de los suizos. Un país complejo, multicultural, multilingüe,
con cantones y comunidades diferenciadas que conviven en un cohesionado
paraíso social. En el centro de Europa, con su identidad propia en medio
de tres poderosas culturas: alemana, francesa e italiana. Esta preferencia
me resulta lógica, porque nacido a mediados de los años 50, el torbellino
de la política ha envuelto a mi generación, más de lo que algunos
hubiéramos deseado. No me he “metido” en política, ni he disfrutado (o
padecido) cargos políticos más allá de algunas mínimas responsabilidades
con las que mi modesta carrera de profesor me ha salpicado. Pero he vivido
y trabajado en la Euskadi de finales del siglo XX y principios del XXI.
He participado en decenas de manifestaciones en pro de la paz. Mucho
antes, entonces y después del despiadado asesinato de Miguel Ángel Blanco,
hace ahora cinco años. Mis hijos me facilitan la memoria. Cuando no habían
nacido, mi mujer y yo allí estábamos; con mi hija muy pequeña que creía
que por la Gran Vía de Bilbao se caminaba siempre por el centro de la
calzada y en medio de la multitud; con mi hijo llevado a hombros; cuando
ambos estaban fuera aprendiendo idiomas aquellos fatídicos 10 y 12 de
julio de 1997, doble manifestación esperando y condenando. ¿Cuántas
manifestaciones? ¿Cien? Sin contarlas, sin desesperar, con lluvia y con
sol, con televisiones y sin ellas,… Con “Gesto por la Paz”, tras los
atentados, en Bilbao, en Donostia, en Gasteiz, en Getxo,…
Pido a los políticos que creen un marco social que nos permita vivir
mejor. Yo no sé cómo -no soy político-, pero sí sé qué quiero en política,
porque sí me siento ciudadano de pleno derecho, y también dispongo, como
profesional, de una opinión formada acerca de la política educativa (que
me reservo para otra oportunidad), que desearía fuese correspondida por
mis colegas y por la sociedad, dado el impacto familiar y cívico que
proyecta la educación.
Como ciudadano de a pie pido a nuestra clase política un doble
objetivo: alcanzar la paz y dar la palabra al Pueblo Vasco para que decida
su futuro. Ambos objetivos se necesitan mutuamente, porque ninguno de
ellos por sí solo, o parcialmente, sería válido. Sólo quiero la paz, para
todos y especialmente para quienes más sufren la persecución y el miedo, y
para quienes han sido víctimas, ellos o sus familias. Y quiero también que
se desdramatice el dar la palabra al pueblo, porque creo en el pluralismo
y sólo la democracia real nos brindará las condiciones para la paz.
El terror se alimenta por doquier. ETA perversamente. Otros, sin
desearlo, quizás también contribuyen a su pervivencia. Tal vez
inocentemente, creo que apoyando y protegiendo a las víctimas, si
actuásemos “como si ETA hubiese desaparecido ya”, seguramente estaría más
cerca nuestro E-Eguna (el Día de Euskadi libre de la barbarie). Lo exige
esta Euskadi dolida y expectante. Atormentada por tanta desolación y por
las reacciones que suscita, pero esperanzada porque desea transitar hacia
un futuro en libertad y sin lastres, conducido con plenas garantías
democráticas por todos.
La primera concordia será entre vascos. Los demás no podrán sino
entenderlo y aceptarlo. Lo que, en plena libertad y sin ventajas, decida
la mayoría: Un quórum cualificado, ¿dos tercios?, para que se sopese el
posible cambio. O seguimos en el marco jurídico actual, que algunos
consideran válido, o se pasa a un nuevo marco, por decisión conjunta y sin
más traumas, si así lo desease una mayoría amplia.
¿El ámbito de decisión? Creo que si todos vemos patentemente que la
decisión de Navarra, por ejemplo, corresponde sólo a los navarros y no al
conjunto de Euskal Herria, igualmente la decisión de lo que actualmente es
la Comunidad Autónoma Vasca o Iparralde, corresponde a sus habitantes, y
no al conjunto del Estado en cuestión. Lo contrario sería aborrecible para
cualquier espíritu democrático. ¿Acaso todos los vascos deberíamos opinar
y obligar a que los navarros sean vascos o no, incluso contra su voluntad?
Si finalmente se conviniese, ¿qué cambiaría? No tanto como pensamos, ni
para bien ni para mal. Las desquiciadas opiniones de tertulianos que
tratan de condenarnos a pagar nuestras propias infraestructuras porque
están construidas por todos los españoles, se caen por su propio peso,
dado que el resto de infraestructuras del Estado también están sufragadas
parcialmente por el esfuerzo vasco. Si tal cuenta se pudiese calcular,
quizá no saliésemos malparados. Pero apartadas éstas y otras absurdas
objeciones como decir que quedaríamos fuera de Europa (como si a España la
hiciese europea Portugal y que recuerda aquella perspectiva inglesa de que
“el continente quedaba aislado” por la tempestad en el Canal de la
Mancha), la realidad sería que seguiríamos estando insertos geográfica,
cultural e históricamente en Europa.
En la nueva soberanía compartida que cabe hoy día en la Unión Europea,
y que poco tiene que ver con los Estados absolutos del pasado, seguiríamos
trabajando como siempre, compitiendo en el mercado globalizado,
colaborando solidariamente con otros países y regiones más necesitados de
Europa y del mundo, gestionando de cerca los temas propios y haciendo oír
nuestra voz en los foros internacionales.
Yo, en mi ingenuidad, seguiría cultivando tanto nuestra propia lengua y
cultura vascas, como las que nos hermanan con españoles y franceses, a
quienes conozco y aprecio de corazón, así como otras lenguas y culturas de
este planeta en el que viajamos por el espacio, como una organizada
tripulación que conviviría mejor “haciéndonos los suizos, y no los
suecos”. Y en este mi segundo hogar mediterráneo donde paso las
vacaciones podría izar la ikurriña, al igual que mi vecino enarbola su
bandera noruega, con intención meramente informativa, señalando que “aquí
viven unos vascos para ayudar en lo que se pueda”.
Mikel Agirregabiria es educador