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Una
medida simple que inmediatamente
salvaría millones de vidas en las carreteras.
El 17 de agosto de 1896,
Bridget Driscoll, una mujer de 44 años, se convirtió en la primera víctima
mortal de un accidente de tráfico frente al
Crystal Palace de Londres. Fue
atropellada por un vehículo que iba “a gran velocidad”, según afirmó un
testigo. Posiblemente fuera a 8 millas/hora (12,8 km/h), cuando debía respetar
un límite máximo de 4 mph. El joven chofer, que ofrecía paseos para mostrar el
incipiente invento, trataba de impresionar a una pasajera igualmente joven.
Durante la investigación, el magistrado encargado afirmó: “Esto no debe
volver a ocurrir nunca más.”
Desde entonces, más de
cuarenta millones de personas han muerto a causa del tráfico rodado. Según un
informe publicado conjuntamente por
la
Organización Mundial de la Salud
(OMS) y el
Banco Mundial en abril de 2004, "los
accidentes causan anualmente 1,2 millones de muertos y 50 millones de heridos o
minusválidos”, siendo la segunda causa mundial de mortalidad de personas
entre 5 y 29 años y la tercera entre 30 y 44 años.
La velocidad, por sí sola, es el mayor
factor de riesgo en la carretera. En el mundo occidental,
casi cuatro de cada diez percances mortales (37%) se provocan por exceder los
límites permitidos de velocidad. La
velocidad produce múltiples efectos
peligrosos, como una visión reducida del conductor (“efecto
túnel”), un menor tiempo de reacción, una mayor distancia
de frenado, así como un incremento de la gravedad y frecuencia de los
accidentes. Las posibilidades de sobrevivir a un choque son ínfimas para un
ocupante a 200 km/h, o para un peatón a 80 km/h.

Las leyes de la
Física dictan inexorablemente que la energía
cinética absorbida en una colisión se incrementa con el cuadrado de la
velocidad de impacto. En otras palabras, la gravedad de los accidentes aumenta
desproporcionadamente con la velocidad.
Investigaciones
canadienses demuestran que elevar la velocidad legal, máxima simplemente desde
70 mph (112 km/h) hasta 75 mph (120 km/h), provoca un aumento del 35% en la
mortalidad vial. Otros
estudios constatan que "la mayor
parte de las paraplejías y tetraplejías se producen entre los 100 y 130 km/h,
por encima de este límite, la velocidad mata". La
OCDE ha estimado que un solo
kilómetro/hora añadido de velocidad promedio en una vía eleva
en un 5% las lesiones y en un 7% los accidentes fatales.
Así, con una reducción de sólo 5 km/h., en la
Unión Europea cada año podrían
evitarse 11.000 muertos y 180.000 heridos.
El
accidente de tráfico es una maldición evitable. Especialmente evitando
el exceso de
velocidad, que es uno de los pocos factores de la seguridad vial que podríamos
controlar voluntariamente nosotros mismos. Pero no lo hacemos colectivamente.
Son muy numerosos los conductores multados por velocidad excesiva, cuya
probabilidad de verse envueltos en accidentes sube un 59% respecto de la media
(según el
informe Stradling de 2002). Hoy día
quienes circulan más rápidos no son sino los más insensatos, inconscientes de
actuar como criminales potenciales.
¿Por qué tolerar esta
tragedia colectiva? Cada día, jóvenes o
familias enteras dejan su vida en el asfalto por imprudencia propia o ajena,...
y por desidia de todos (autoridades, conductores, ciudadanos,….). Se adoptan
acertadas decisiones como el carné por puntos, los controles de alcoholemia o
de uso de cascos y cinturones, o la proliferación y generalización de
dispositivos de seguridad activa y
pasiva (airbags,
ABS,
ESP,
sillas infantiles,…), pero
son medidas insuficientes ante un veloz parque móvil que supera crónicamente
los límites de seguridad.
La delgada línea entre la
vida y la muerte se desvanece cuando circulamos a gran
velocidad, o en medio de un tráfico ajeno que no respeta los límites y que nos
rodea a velocidades inadecuadas.
Para evitar la sangría de muertos en las cunetas, es preciso derribar el
hipócrita culto a la velocidad, propio del mundo frenético en el que vivimos.
Bastaría con añadir el más simple de los dispositivos de seguridad: un limitador de la velocidad.
Con reguladores (o tacógrafos) incorporados de serie en todos los vehículos,
que impidiesen circular a más de 120 km/h (quizá permitiendo breves subidas
hasta 140 por razones de seguridad activa), se reducirían millones de muertos y
heridos, con su insoportable dolor derivado e incluso su incalculable coste
económico.
Con la instalación de un simple
limitador de velocidad aplicado a escala universal,
de coste irrelevante e incorporado de serie, todos viviríamos más y mejor. Esto
ya se hace en camiones, en marcas de lujo (pero con la barrera a 250 km/h)
o en toda la gama de modelos
Renault (pero sólo con avisador y
una restricción opcional). Además con la velocidad autolimitada
infranqueablemente a 140 km/h, nos ahorraríamos los
complicados radares de multas y
perderían sentido los coches de más 120 CV o las
motos de más 60 CV. ¿Por qué anuncian y venden
vehículos rebasan sobradamente el máximo permitido de 120
km/h? ¿Por qué no humanizamos el
tráfico rodado, y con ello la calidad de vida contemporánea?
Publicación
a partir del 29-5-2005 en los medios de comunicación colaboradores, como el
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